Indicis

18 07 2010

La última enquesta de La Vanguardia sobre el “problema català” courà infinitament a aquells que defensen la tergiversació de la realitat i que fan com si no haguessin sentit res dissabte passat. Bé, que continuïn, la gent, en general,  no és estúpida, i la tendència és clara. La pregunta és com, quan i qui.

El fallo del TC catapulta el respaldo a la independencia, que roza el 50%

Los partidarios de la secesión superan por primera vez a quienes se oponen a ella

Redacción | BARCELONA | 18/07/2010 | Actualizada a las 03:31h | Política

Si la reforma estatutaria tenía como pretensión mejorar o resolver el encaje de Catalunya en España, el balance final no puede ser más decepcionante. El tortuoso proceso de gestación del nuevo Estatut y el restrictivo fallo del Tribunal Constitucional sólo han servido para aumentar la desafección de los catalanes. Buena prueba de ello es que, por primera vez desde que el Instituto Noxa realiza encuestas para La Vanguardia, la pregunta sobre el voto en un hipotético referéndum independentista arroja un resultado favorable a la independencia de Catalunya. Nada menos que un 47% de los consultados afirma que votaría a favor, mientras que el 36% se opondría; un 3% lo haría en blanco; el 7% dice que no acudiría a votar, y el 5% no sabe todavía cuál sería su actitud.

Comparando estos datos con los de encuestas anteriores se advierte un vuelco enorme en las opiniones de los catalanes, que, sin duda, puede ser consecuencia de la coyuntura en la que se realizó la encuesta. Sin embargo, este vuelco podría interpretarse también como la acentuación de una tendencia que ya venía registrándose en los últimos años. Buen reflejo de ello es que la correlación del voto ha pasado de un apoyo del 30% a la independencia, en octubre del 2007, al 47%, ahora. Y paralelamente, las opiniones contrarias han caído del 50% que llegaron a suponer en noviembre del 2008 al 36% actual.

Lo relevante de este último sondeo es que no sólo se decantan por la independencia los votantes de ERC, como suele ser habitual, sino que también lo hacen la mayoría de los de CiU (el 55%) y de los de ICV (el 63%), que en encuestas anteriores la rechazaban. En cuanto a los votantes del PSC, se encuentran muy divididos, predominando por poco los contrarios a la independencia (el 43%) frente a los favorables a ella (38%). Por su parte, los votantes del PP son los únicos que se oponen mayoritariamente (el 83%) a la independencia de Catalunya, aunque un 15% de ellos también optaría por la secesión.

Asimismo, el respaldo a la independencia es abrumador entre quienes se sienten sólo catalanes (88%) o más catalanes que españoles (73%). Por el contrario, entre quienes se sienten tan españoles como catalanes (un grupo que ahora se ha reducido en beneficio de quienes se sienten más o sólo catalanes) predomina el rechazo a la independencia (52%), que se acentúa entre quienes se sienten más españoles que catalanes (69%) o sólo españoles (67%). Aun así, tres de cada diez ciudadanos que se sienten tan españoles como catalanes apoyarían la secesión.

Ficha técnica

Universo: población mayor de 18 años empadronada en municipios catalanes, con derechoavoto en elecciones autonómicas. Muestra: 1.000 entrevistas representativas de la población de Catalunya. Estratificación de la muestra: proporcional por tramos de población. Selección del individuo: por cuotas de sexo y edad. Error muestral: para un intervalo de confianza del 95,5% y para p=q=0,50, elmargen de error es de ±3,16% en el conjunto de Catalunya. Metodología: entrevista telefónica en el hogar con sistema Cati, con selección de teléfonos aleatoria gestionada automáticamente. Trabajo de campo: realizado entre los días 12 y 14 de julio.





Aquesta remor que se sent

23 12 2009

Fa unes setmanes La Vanguardia (un diari gens sospitós de ser independentista) publicava un estudi on es deia que el suport a la independència pujava ja fins al 40%. Ara ha estat el torn d’el Periódico, el “pamfleto” socialista per antonomàsia: empat tècnic entre partidaris del sí i del no, on l’abstenció sempre jugaria a favor dels partidaris del sí.

Penjo també dos articles que ha publicat La Vanguardia els últims dies. Sóc jo l’únic que hi veu un canvi de fons? Lent, però segur.

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Ferran Mascarell

Una nación en busca de Estado

Lo escribió Kundera: “Todas las previsiones se equivocan, es una de las escasas certezas de que disponemos los seres humanos”. Sin embargo, me atrevo a hacerles una previsión: el actual desorden de la política española sólo terminará cuando Catalunya encuentre por fin el Estado que anda buscando. Los referéndums son el aspecto más efervescente de una cuestión de fondo, enormemente compleja y peliaguda: Catalunya, una nación vieja, se ha empeñado en encontrar el Estado moderno que le conviene.

Mi previsión es pues que la primera década del siglo XXI será señalada como aquel momento en el que los catalanes asociaron definitivamente su vieja voluntad de reconocimiento nacional a su necesidad de contar con un Estado adecuado.

A los catalanes de 1800 no les quedó más remedio que ceder poder político a cambio de poder económico. Sin embargo, los catalanes de 1900 se verbalizaron como nación. Ahora, los de la primera década del siglo XXI pasarán a la historia como quienes comprendieron que una nación sólo puede hacer frente a sus retos con un Estado eficiente y propio. Único o no, se verá. En cualquier caso, propio y apropiado para los retos de este tiempo.

Ese es el sustrato explicativo de las cosas que están sucediendo: los referéndums, las propuestas federalistas, los editoriales conjuntos y todo lo demás. Los catalanes quieren Estado. Ese es el fondo del debate entre la sociedad catalana y la española. Los catalanes desean un Estado que garantice sus derechos, necesidades e ideales. Hace más de 150 años que lo buscan. Siempre han pretendido que se les reconociese su cultura, su lengua y también su carácter nacional. En casi todos los momentos cruciales de la historia han aceptado compartir con el resto de los españoles un Estado democrático, modernizado, plurinacional y eficiente.

Así pues, sería mejor no equivocar el diagnóstico. La sentencia del Constitucional será importante, pero no decisiva. El fondo del asunto es infinitamente más complejo. Los catalanes no quieren satisfacer el reflejo nacional romántico y trasnochado que algunos le atribuyen. Los catalanes quieren ser reconocidos como nación para ejercer su derecho a poseer un Estado que dé respuesta a sus retos futuros. ¿En el marco de España? Se verá. Dependerá de la España que los españoles quieran construir.

Una nación sin un estado eficiente detrás es papel mojado; no sirve para acrecentar el bienestar de los ciudadanos. Los retos presentes y futuros exigen Estado, poder y eficiencia. La autonomía, tal como la entienden los partidos españoles, no es suficiente. El progreso desde la desconfianza mutua es muy complicado. El bienestar, sin un Estado eficaz y bien engrasado, es imposible.

Los catalanes sabemos que el futuro necesita ideales nuevos. Estamos hartos de batallas simbólicas y defensivas. Nos aburre consumir tanta energía razonando la legitimidad de nuestros planteamientos, de nuestros derechos, de nuestro deseo de tener Estado; queremos que cuide de nuestros intereses, que sea cercano, que juegue a favor. Muchos catalanes queremos una nación más satisfactoria y sabemos que para construirla necesitamos un Estado más democrático y mucho más eficiente. Si queremos una nación de primera precisamos un Estado de primera. Un Estado que admita la diversidad, que surja del pacto, que busque el futuro, que sea vigoroso, que esté al servicio de todos los ciudadanos, que sea propio, y si además es compartido que sea inequívocamente plurinacional, asimétrico y eficiente.

La sociedad española está terminando el ciclo de su historia que empezó con el pacto constitucional del 78. El pacto político y social que lo alumbró se ha apagado. La España de hoy genera desafección entre un número creciente de catalanes. La Catalunya de hoy genera desconfianza en un número significativo de españoles. El Estado no acepta su diversidad nacional; la política no acierta a plantear un nuevo pacto de convivencia eficaz, la sociedad no parece capaz de pensar un futuro compartido. ¿Entonces?

El tiempo lo dirá y la actuación de unos y otros decidirá. Hoy la mayoría de los catalanes no son todavía independentistas, pero pueden serlo relativamente pronto. Los demócratas tendrán que aceptarlo.

Son tiempos nuevos. Los ciudadanos serán más exigentes, desearán vínculos de pertenencia más sólidos, más respeto a las identidades múltiples. Querrán un Estado que los defienda y les garantice la libertad, que sea eficiente, regulador, equilibrado, neutral, compensado, ponderado, democrático y plurinacional; que los ayude a mejorar la vida, que les permita escoger los mejores caminos, que les permita el máximo bienestar.

Preveamos, pues, esa posibilidad: para un creciente número de catalanes España es el pasado. Es aquel lugar que no quiere cambiar; es aquel lugar donde muchos suponen que los tiempos sólo cambiaron cuando Bob Dylan los describió en una bella canción, es aquel lugar donde no se quiere entender lo que ya sabía Heráclito: lo único cierto es el cambio, nada permanece. Y menos todavía las formas de poder.

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Oriol Pi de Cabanyes

¿Quién tiene miedo a que se vote?

El proceso de consultas por el sí o por el no a tener un Estado propio (ya que el Estado español no es percibido como aliado por cada vez más contribuyentes) expresa una fuerte corriente de fondo que sacude la política catalana. El autonomismo se va quedando sin apoyos y los partidos que hasta ahora han venido gestionando la situación van quedando en evidencia, cada vez más sobrepasados por un poder civil autoorganizado que plantea a partir de la radicalidad democrática la superación del actual estado de cosas.

Mientras, los miembros y las miembras del Tribunal Constitucional andan buscando aún poder salvar la cara (y la de quienes los nombraron) con una sentencia que promete ser todo un guiso de liebre sin liebre: prolija, farragosa, y con aquel punto de ambigüedad capaz de perpetuar “la debida confusión” entronizada hace ya treinta años así como procurando conseguir nuevamente (entre quienes de inmediato se lanzarán a competir por ser los intérpretes de su letra pequeña) lo que tan bien define aquel viejo proverbio inglés aplicado a la política: “Que ellos mismos vayan trenzando una cuerda lo suficientemente larga como para colgarse con ella”.

Esto de “la debida confusión” (para que se note el efecto sin que se advierta el cuidado) se cuenta de uno de aquellos trileros de la política de la vieja escuela, un tal Sánchez-Toca, que fue presidente del Senado y ministro de Gracia y Justicia con Antonio Maura. Se ve que después de estampar su firma, eructaba, complacido, a su secretario: “Creo que este decreto está redactado con la debida confusión”.

No es de recibo que se quiera seguir jugando a este juego típico de la politiquería. La situación requiere claridad, argumentos, respeto. Ya basta de tanta cicatería y de tanto embrollo jurídico. Porque a la negación de Catalunya como sujeto político, llámesele o no nación, se corresponde lógicamente la negación de España como Estado compartible (o no).

Hay que recordar a todos aquellos que querrían limitarla que la fuerza (y la legitimidad) de la democracia reside en el voto. ¿Quién tiene miedo a que el votante se pronuncie en las urnas tantas veces como sea necesario? Parece más que evidente que la confianza en una sentencia “favorable” o el temor a una sentencia “desfavorable” han perdido ya todo interés para una parte muy significativa de la población.





Arenys de Munt, o com guanyar la primera batalla mediàtica

17 09 2009

Una editorial que resumeix bastant bé la remor que se sent aquesta última setmana al país.

Arenys de Munt, o com guanyar la primera batalla mediàtica

Té gràcia que un poblet tan petit s’hagi convertit en el llogarret irreductible de l’Astèrix pels espanyols.